
De la teoría más antigua llegamos a la más reciente, el chamanismo, que explica el arte rupestre desde una perspectiva y metodología etno-neuropsicológica.
En el Paleolítico, las sociedades cazadoras-recolectoras conciben un cosmos complejo donde coexisten por lo menos dos mundos paralelos aunque interrelacionados: el mundo natural y el sobrenatural. En la teoría chamánica el espacio subterráneo es percibido como sobrenatural, como el mundo de los espíritus y de los muertos. Los chamanes, a veces ayudados por espíritus auxiliares, actúan de intermediarios entre ambos mundos pudiendo influir en éste en beneficio del grupo.
El arte rupestre sería la transposición a las paredes del estado de conciencia alterada de los chamanes. Trance alcanzado a través de ayunos, drogas o sonidos rítmicos y constantes que repite una serie de estados de conciencia alterada que son idénticos en el homo sapiens que pintó estas paredes y el homo sapiens actual, pues ambos compartimos el mismo sistema nervioso.
La cueva de Llonín, según esta teoría, sería la descripción de un trance chamánico. Está ubicada en la asturiana Peñamellera Alta. En ella, hay gran cantidad de superposiciones que se han resumido en 5 fases, éstas podrían ser interpretadas como las diferentes fases del trance del chaman. Empezamos por la formada por una serie de signos puntiformes y de trazo simple en rojo y negro, correspondiente a las manifestaciones de pulsaciones. Continuamos por la formada por una serie de líneas en negro y corresponden a la fase de trance, cuando, ante los ojos del chamán, aparecen formas más complejas como el serpentiforme o meandriforme. Posteriores fases consistirían en visiones de monstruos, seres compuestos por animales y humanos, etc.
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